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Diego Ramos debutó como director teatral

Imposible no ver venir por la calle Corrientes, con la tarde recalcitrante sobre la espalda, al metro noventa de Diego Ramos y sus flamantes 45, que festejó en Instagram con el torso desnudo sin imaginar, dice, la repercusión mediática: “¿Hot, yo? ¡Por favor! Tampoco le hago publicidad a la marca de calzoncillos! Soy malísimo con los canjes”. Al exgalán le divierte mantener vivos esos comentarios mientras su techo artístico continúa en alza. En el Picadilly, la misma sala donde actúa en Casa Valentina, dirige Falsettos, el musical con el que debuta en un nuevo rol.

“Hace veinte años que conocí la obra, cuando en una disquería, de casualidad, encontré la música y me encantó. Recién la vi en Broadway en 2016, cuando la repusieron. Por otro lado, cada vez estoy más interesado en lo general que en lo particular. La actuación me importa como siempre, pero también me gusta meterme en todo. Hace rato que quería dirigir. Y justo Javier Faroni, el productor, tenía los derechos de esta obra, y confió en mí para la puesta. Todas coincidencias que, por fin, se dieron”, dice Ramos sobre este musical antológico creado por William Finn y James Lapine que, por primera vez, se presenta en Buenos Aires. “Es una trilogía con el mismo personaje protagónico, Marvin, pero lo que el público verá es la segunda obra, llamada La marcha de los Falsettos“, aclara el director. En 1978, Finn escribe libro, letras y música de In Trousers, obra destrozada por la crítica. Sin desanimarse, poco después -como explica Pablo Gorlero en Historia del teatro musical en Broadway– continúa la saga con La marcha de los Falsettos, estrenada en 1981 en el off Broadway con mucha mejor recepción. En 1990 escribe Falsettoland para cerrar este folletín que reflejaba parte de su propia historia. Pero en este caso tuvo un socio, James Lapine, como autor del libro y director. En 1992, por fin, con la unión de las dos últimas partes, se estrena Falsettos, en Broadway: “Melodrama con pinceladas de sitcom“, permaneció en el teatro John Golden 486 funciones, ganó los Premios Tony al mejor libro y mejor canción original, y consolidó a Finn como uno de los principales exponentes del nuevo musical, líder de la vanguardia de los años 80 y alternativa al lenguaje del consagrado Stephen Sondheim.

En Falsettos se cuenta la historia de Marvin (Christian Giménez), un padre de familia de clase media neoyorquina y judía que se enamora de otro hombre, Whizzer (Nacho Francavilla). La exmujer, Trina (Alejandra Perlusky), impactada por la noticia, comenzará una relación con Mendel, su psicólogo (Julián Pucheta), y Jason, el único hijo (Tomás Wicz), se acomodará como pueda a esos cambios. Para Ramos, no es un tema desactivado por el matrimonio igualitario, sino muy vigente: “Porque no apunta a lo social, sino a los vínculos. Y eso está igual: ¿qué le pasaría hoy a una mujer si encuentra a su marido con otro hombre? ¿Qué pasa con un hombre egoísta que pretende mantener todo igual? ¿Cómo explicar a los hijos? La obra habla de la incapacidad de expresar los sentimientos, del no saber cómo pedir ni brindar afecto”.

Como director debutante, dice que nada mejor que estar rodeado de profesionales talentosos y buenas personas. “Pobres los chicos, pero me tienen que soportar todas las funciones (se ríe). Soy detallista y minucioso. Cuando termina Casa Valentina, saludamos en bata, me saco el maquillaje y ya me pongo con los utileros a desarmar y armar la escenografía”, dice el director que aprendió de quienes lo dirigieron (Ricky Pashkus, Manuel González Gil, Enrique Federman, Valeria Ambrosio, Alejandro Tantanián, José María Muscari, entre otros), pero sobre todo, se siente más cerca del estilo de Jonathan Butterell, con quien trabajó en La novicia rebelde.

“Salvo cine, que me tocó poco (fue la voz de Grosso, en Metegol, de Juan José Campanella), hice de todo en teatro y en televisión, de todo aprendí y me sirvió. Hasta ser el galancito. Pero lo que más me atrapa es el teatro musical. Por el cuidado, la precisión que requiere, esa amalgama entre el canto, la actuación, el baile: es un desafío que te obliga a entrenarte, a aprender, a ajustar un poco más. El único problema en la Argentina es que es muy cara”.

 

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